Entrada 27 – Vellamo

Tripulante Vellamo, auxiliar de medicina
Ciclo 87
Sistema: 9º
Valmeri
Archivo escrito

Cuando decidimos que era hora de salir y continuar, ya habían derribado la puerta del edificio.

Habíamos estado haciendo inventario. Nos quedaba agua dulce embotellada por los valmeris, algo del alimento que trajimos con nosotros, y un buen surtido de comida valmeri que aún no nos habíamos atrevido a tocar. Tres luces de mano – una quedó en el edificio del primer contacto, dos en el refugio – y todos teníamos ya un arma para defendernos. Las dos pistolas de tierra de Lumi y Viljo, y el cuchillo de muestras de Seija, eran todas nuestras armas yarvi. En la vivienda encontramos cuchillos y objetos contundentes. No me gustaba la idea de enfrentarme a un unaiti cuerpo a cuerpo, y apuesto a que a los demás tampoco.

Lumi se ofreció a dar su pistola de tierra a quien prefiriese el combate a distancia. Ella tiene entrenamiento militar especializado, pese a que todos recibiésemos formación en combate, y sabría defenderse mejor con un cuchillo. Viljo se negó. Tenemos poca munición, dijo, y no quiero que se eche a perder. Lumi es muy buena tiradora, pero yo soy mejor. Me pareció un razonamiento estúpido, pero Viljo está intratable en cuanto a cuestionar sus decisiones.

Recuerdo que eché un vistazo al grupo mientras nos preparábamos para salir. Sucios, andrajosos, cansados. Nuestras ropas estaban rotas en demasiados puntos como para poder mantener la humedad, y podía verles la piel seca pidiendo agua a gritos. En ese momento eché de menos los trajes. Yo, que siempre los había odiado. Con trajes para proporcionar humedad y protección, quizás esto hubiese sido más sencillo. Quizás no hubiesen cazado a Seppo con tanta facilidad. Quizás.

Justo cuando Seija se ajustaba las correas de la mochila valmeri, con movimientos lentos y el gesto impasible, escuchamos la puerta del edificio abrirse violentamente. Luego, el coro de gruñidos y jadeos, los golpes de sus pisadas al subir los escalones de dos en dos. Se me heló la sangre. Noté cómo se me aceleraba el pulso conforme oíamos las pisadas aproximándose a nuestro rellano.

Aguanté la respiración. No me atreví siquiera a mirar a nadie, por miedo a que los unaitis pudiesen escuchar incluso el movimiento de mis ojos. Los pasos se alejaban, subiendo el siguiente tramo de escaleras. Entonces algo golpeó nuestra puerta.

Seija se tapó la boca y ahogó un grito. A ese lado, gruñidos y jadeos. A nuestro lado, miradas desesperadas, gritos ahogados y temblores incontrolables. Entonces, el grito. Ese grito, gutural, que solo significa que la muerte te ha encontrado. Los pasos se detuvieron. La puerta soportó un nuevo golpe, y entonces estalló la locura. Los unaitis gritaron y parecían atropellarse bajando las escaleras hasta nuestra puerta. Las bisagras apenas aguantaban los embites de las criaturas, que clamaban por nuestra carne.

Viljo armó su pistola, se colocó con Lumi frente a la puerta a una distancia prudencial, y nos indicó a mí y a Seppo que nos pusiésemos a los lados de la puerta, que con cada nuevo golpe parecía a punto de saltar por los aires. No recuerdo dónde estaban Seija y Kaarle. Con un gesto, Viljo me ordenó abrir la puerta. Sujeté mi cuchillo con fuerza, y tiré del manillar.

La puerta se abrió de golpe, y por poco aplasta a Seppo. Los unaitis entraron como una avalancha. Eran cinco al menos. Dos cayeron inmediatamente por los disparos de Lumi y Viljo. Sin pensar, agarré al siguiente en entrar, que había tropezado con el cadáver del primer unaiti abatido, y hundí el cuchillo en su nuca. Sus músculos se relajaron al instante, y yo perdí mi puñal. Otra criatura me derribó mientras intentaba rescatar mi arma, y me golpeó en la cabeza con furia. Madre, jamás había sentido tanto dolor. Me golpeaba el pecho una y otra vez con una mano, dejándome sin respiración, mientras con la otra me agarraba de la cabeza. Lumi le disparó dos veces en la espalda, y el unaiti rodó por los impactos. Hizo ademán de volver a levantarse, los brazos le temblaron y cayó muerto.

En el resto de la habitación, las cosas no iban mejor. Viljo había sacado un cuchillo valmeri y apuñalaba en la garganta a un unaiti mientras este trataba de devorarle la garganta. Kaarle se interpuso entre Seija y una de esas cosas, y fue derribado de un golpe atroz. Seija, con mente fría, aprovechó el momento para clavar su cuchillo bajo la mandíbula del unaiti, matándole al instante. Seppo forcejeaba con una criatura, y gritó de pánico y dolor cuando le agarraron del cuello y lo lanzaron contra una pared con furia. Cayó inconsciente, y Lumi evitó su muerte con un disparo certero a la cabeza del unaiti.

Las cosas parecieron calmarse durante un momento. Lumi me ayudó a levantarme. Las costillas me ardían, apenas había recuperado la respiración, y la cabeza me daba vueltas. Notaba la calidez de la sangre corriendo desde mi cabeza a mi espalda. Kaarle se levantó por su propio pie, pero parecía desorientado. La nariz le sangraba, y tenía una brecha en la cabeza. Seija trataba de reanimar a Seppo, y me buscaba para que le atendiese. Pero, por Aisyva, no podía casi ni moverme. Viljo se acercó, y me tendió mi cuchillo. Espero que la próxima vez no te dejes dominar por el pánico, y estés a la altura; le espetó a Lumi. Ella no dijo nada.

Me miró durante un momento, mientras yo recuperaba la estabilidad. Luego me abrazó y contuvo un sollozo. Pensaba que te había perdido, me dijo al oído. Me besó y, tras asegurarse de que podía estar en pie, se fue a ayudar a Seppo. Viljo no perdió detalle. Su mirada era calculadora. Lumi había temido por mí, y no había sido tan efectiva en el combate como debería. Viljo no se lo perdonará. No nos lo perdonará.

La calma no duró mucho. Revisadas nuestras heridas, quien más nos preocupaba era Seppo. Recuperó la consciencia brevemente, pero volvía a perderla. Iba y venía, constantemente. El golpe fue brutal. Kaarle cargó con él a su espalda, y nos dimos prisa en abandonar la vivienda. Una vez en el rellano, volvimos a oír a los unaitis. Dentro del edificio.

Esta vez nos preparamos mejor. Contábamos con la altura de las escaleras. Lumi y yo nos encargamos de disparar, y Viljo se puso al frente del grupo con sendos cuchillos valmeris. A aquellos que no matábamos nosotros, Viljo los empujaba escaleras abajo o los degollaba sin piedad. Acallábamos a los unaitis antes de que pudiesen gritar y alertar a más criaturas. Cuando llegamos a la entrada del edificio, nos sentíamos capaces de todo.

Hasta que Seppo se despertó.

Veíamos algunos unaitis a lo lejos, en la calle, buscando la procedencia de los gritos que sin duda habían escuchado. Por suerte aún no nos habían visto. Teníamos que movernos rápido. Entonces Kaarle contuvo un grito y cayó al suelo. Seppo se había despertado y se aferraba a su cuello ahogándole. Su mirada expresaba pánico. Solo miedo. Entonces gritó desesperado, se apartó de Kaarle, y trató de huir. Seija le agarró, pero él se zafó y salió corriendo hacia los unaitis. Seguro que a Satu, en el fondo, le hubiese hecho gracia. La mente le ha jugado una mala pasada, habría dicho.

Corrimos tras él, pero los unaitis también. Lumi y yo disparábamos hacia las criaturas que se aproximaban, mientras los demás intentaban capturar a Seppo. Pero se les adelantaron. Como un depredador, una de esas cosas saltó y le derribó. Sin detenerse a golpearle, hundió directamente los dientes en el cuerpo de Seppo. La dentellada fue terrible. Seppo gritaba y gritaba, y nosotros también. Disparé al unaiti y cayó. Lumi le remató cuando llegamos hasta él.

Seppo intentaba coger aire a bocanadas. Había cerrado los ojos y parecía ya plenamente consciente… En el peor momento. Cargando con él, encontramos otro refugio no muy lejos de la vivienda valmeri de la que salimos.

La ciudad ha vuelto a calmarse ya. Por poco tiempo, imagino.

El instructor sigue con vida. Vuelve a perder la consciencia periódicamente, y le estoy atendiendo con todos los medios que tengo. Estoy cansado y dolorido, pero no dejaré que Seppo muera. Yo solo tengo un par de costillas rotas y contusiones craneales, además de alguna herida superficial. Me cuesta un poco respirar, pero Seppo está peor, sin duda. El golpe en la cabeza le ha dejado una brecha que hay que suturar. No tengo forma de comprobar daños cerebrales, pero es posible que los haya. Además, la mordedura del unaiti es espantosa. Le mordió con tal fuerza que le fracturó la clavícula, además de la propia herida. Confío en que sobreviva si logramos salir de aquí.

Ha sido un día terrible. Escribo esto para distraerme de tanto dolor y angustia. Tenemos que regresar. Tenemos que volver a la lanzadera. Hidratarnos, curar nuestras heridas. Y huir. Huir de este lugar maldito. Y de las miradas pensativas de Viljo, que nos torturan desde ayer.

Madre, sácanos de este lugar. Antes de que los unaitis nos cacen. O nos matemos entre nosotros.

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Publicado el 15 diciembre, 2012 en Sin categoría y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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