Entrada 29 – Lumi

Tripulante Lumi, oficial de ingeniera de comunicaciones
Ciclo 87
Sistema: 9º
Valmeri
Archivo de escrito

Tarde o temprano tenía que retomar el diario. De lo contrario acabaría por volverme loca. Llevo todos estos días planetarios sin separarme de Vellamo o de mi pistola de tierra, de algo que me hiciese sentir segura. Y ahora que él no está conmigo, y me he quedado sin munición, solo me queda el diario.

Por supuesto, tengo a Kaarle y a Viljo conmigo. El investigador, que no habla y nos detesta; y el oficial primero, que ordena y también me detesta. Kaarle siempre ha sido un misterio. Pero Viljo… No lo entiendo. Somos los únicos con rango militar de este equipo, debería contar más conmigo, y sin embargo desde el tiroteo en el segundo refugio, cuando hirieron a Seppo, no le dirige la palabra a nadie. Salvo para mandar. Le encanta mandar.

Ah, claro, también tengo las armas valmeri. Cuchillos de combate, pistolas y fusiles de propulsión, rifles con visor de aumentos… Una maravilla. Tecnología arcaica, pero con toneladas de munición. Hemos encontrado todo un arsenal entre cadáveres devorados y vehículos calcinados. Me siento como una vulgar saqueadora. Al menos, estas armas me distraen más que esos dos.

Y yo que quería llegar a este lugar a toda costa… Recuerdo cómo me sentía poco antes de bajar, con Vellamo dormido a mi lado, escribiendo aquí mis inquietudes para con Valmeri y la misión. Estúpida. Dije, creo recordar, que este planeta empezaba a resultar extraño y horrible, pero me seguía cautivando. Que me provocaba un inmenso sentimiento de soledad, de angustia. Ahora, rodeada por armas de una civilización muerta, y escondiéndome de sus asesinos, me siento más sola que nunca. Ni siquiera escribir esto es un consuelo.

Es posible que sea egoísta. Solo pienso en mí, en mi soledad. Confiaba en encontrar unos seres que se sintiesen tan solitarios en el universo como yo. Como nosotros, la tripulación de la Laestisa, que somos hijos del espacio. Con la idea, el sueño de un lugar extraño y desconocido. Para ellos, el espacio más allá del sistema noveno. Para nosotros, Mermoa, el mundo que nos espera si logramos salir de aquí. Si los valmeris han sucumbido a la enfermedad de los unaitis, como Kaarle cree, ¿acaso estamos tan abandonados como creía? Solo nos queda Mermoa. Y me aterra pensar en llegar allí.

Seija en cambio, piensa en lo que se ha perdido. No en ella misma. En ese sentido es más justa que yo. Habla con Vellamo y conmigo, sentada junto al moribundo Seppo, y nos cuenta con una pena absoluta la magnitud de lo que estamos viendo. Mira las imágenes de la vivienda valmeri que se ha convertido en nuestro tercer refugio. Las coge, las estudia detenidamente, se sienta cabizbaja y reflexiona. Pobre Seija. Menos mal que no ha visto la masacre que hay en esta parte de la ciudad. No le hablaré de los restos de valmeris despedazados, amontonados junto a sus vehículos de tierra cortando las calles.

¡Qué historia vivieron! ¡Qué tragedia!

Nuestro refugio se encuentra nuevamente en la tercera planta de un edificio. Allí dejamos a Vellamo y a Seija velando por el pobre Seppo, y nos marchamos en busca de otro almacén como en el que acabamos el primer día. Necesitábamos agua. En grandes cantidades. No pudimos resistir la tentación de hidratarnos la piel seca con el agua embotellada que habíamos reunido, y nuestras reservas escaseaban. Aunque esto fuese verdad, el propósito de arriesgarnos a salir a las calles de la ciudad era mucho más imperante. Ni a Viljo ni a mi nos quedaba apenas munición.

Ha sido una de las pocas veces que Viljo se ha reunido conmigo desde lo de Seppo. Eh, me dijo, ¿te queda munición? Menos de seis proyectiles, señor. Sé que la forma en que dije “señor” le molestó. Pero no lo pude evitar. Por Aisyva, su silencio me desconcierta, y a Vellamo le empieza a enfurecer. Dice que no nos quita ojo, y siempre parece pensativo mientras nos mira. Al principio le intranquilizaba, ahora no puede soportarlo. Menos mal que tiene que ocuparse de Seppo y se mantiene distraído…

Decidimos aprovechar la escasez de agua como excusa para buscar cualquier tipo de armamento valmeri por la ciudad. Además de agua, por supuesto. Cuanto menos supiesen los demás sobre nuestras reservas de proyectiles, mejor. Nos llevamos a Kaarle con nosotros por si fuese necesaria intervención médica. No tiene los conocimientos de Vellamo, pero se le da mejor que a la mayoría. Y mi pobre Vellamo está dedicado en cuerpo y esencia a Seppo, que se encuentra consumido por la fiebre.

Durante los primeros momentos, cuando el instructor se debatía entre la vida y la muerte, Vellamo y Kaarle estuvieron muy, muy preocupados. No le di importancia, pero una vez contuvieron la hemorragia, seguían lanzándose miradas de angustia. Será por las infecciones, pensé, y no presté más atención. Pero antes de marcharnos mantuvieron una animada conversación, con los mismos gestos de preocupación. Al final, ante mi mirada inquisitiva, Vellamo ató los brazos de Seppo con tela valmeri a la cama donde descansaba. Quise preguntarle, pero sus ojos hablaron por él. Después, me decían, ahora no. Kaarle ni siquiera se dio cuenta de que yo lo había visto.

Con todo esto rondándome la cabeza, salimos a la calle. Con cautela, en silencio. Estaba todo despejado. No habíamos oído a los unaitis desde que Novena se levantó, ni siquiera durante la noche. Sí, aullaron al principio, se llamaron entre ellos… Y luego se hizo el silencio. Pasamos bajo los árboles que hay frente al edificio, atravesando una pequeña plaza, y continuamos por lo que parecía ser una calle principal. Siempre alejados de las entradas a los edificios, andando por el centro del camino, pese a que eso nos exponía demasiado. Pero nos parecía mejor que acercarnos a una posible guarida unaiti. Todavía tengo el recuerdo vívido de las puertas abriéndose de par en par a nuestro paso mientras huíamos por toda la ciudad.

La calle trazaba una curva, y un gran edificio nos impedía ver más allá. Cuando lo pasamos, fue como avanzar hacia una pesadilla. Esta parte de la ciudad sí que tiene muestras de que aquí ha sucedido algo terrible. Pese a que la calle se dividía, decidimos continuar por lo que parecía ser una continuación de la principal. Además, los vehículos de tierra valmeris, colocados atravesando las calles adyacentes formando un muro artificial, invitaban a seguir por el mismo camino. Eso, y el olor dulzón de los cuerpos pudriéndose bajo la luz de Novena. A lo largo de la calle, y rodeando los vehículos que cortaban – o trataban de dificultar – el acceso a las calles contiguas, había infinidad de cadáveres. Casi todos parcialmente devorados, en tal avanzado estado de descomposición que no sabría decir si eran unaitis o valmeris. Además, todos ellos estaban roídos hasta los huesos.

Continuamos el camino, y la escena era cada vez más dantesca. Varias calles más nacían de la principal, a nuestra izquierda, y todas ellas estaban obstaculizadas por vehículos, placas y verjas de metal, incluso restos de barricadas calcinadas. Parecía una última defensa. Todos los vehículos, o casi todos, estaban pintados con colores similares: rojo y blanco. Y muchos de los cadáveres que se amontonaban frente a los vehículos, amontonados unos sobre otros en la calle principal, debían ser unaitis abatidos. Los cuerpos contaban la historia por sí solos. Solo había que pasear la vista por el suelo cubierto de unaitis muertos, cada vez más cerca de la barrera, hasta ver a varios de ellos sobre los vehículos. Y más allá, ya en la calle contigua, una decena de cadáveres, casi todos con ropas de color azul y negro, o azul oscuro. Uniformes, en opinión de Viljo.

Así pues, esta calle principal debió de actuar como una especie de contención ante el avance de los unaitis desde el interior de la ciudad. Pero, ¿por qué aquí? Quizás cubriesen una retirada. Dado que el resto de la ciudad está prácticamente intacta, que nosotros hayamos visto, me inclino por una evacuación. Los ciudadanos protegidos por alguna clase de cuerpo militar valmeri, que se sacrificaron para darles tiempo. Y llaman valentía a lo de Satu…

No es una conclusión por las buenas. Las armas de propulsión valmeris, si son como creo que son, deben de hacer mucho ruido. Los unaitis responden inmediatamente al sonido, según Kaarle, es principal modo de comunicación entre ellos. Y cazan en grupo, por lo que deben prestar atención a los estímulos auditivos. Con el rugido explosivo, atronador, de una centena de armas de propulsión… Debieron atraer a casi todos los unaitis de la ciudad hasta este punto. Concentraron a los unaitis ante esta barrera, mientras mantenían la calle despejada a su espalda.

Las calles contiguas que habíamos encontrado a nuestra izquierda, eran relativamente pequeñas. Sin embargo, la siguiente calle adyacente que encontramos era mucho más grande. Flanqueada por extrañas figuras de metal oxidado – algo relacionado con iluminación, según pude ver más tarde – el camino se extendía hasta donde alcanza la vista. Probablemente conduzca hasta el final de la ciudad. Y es en este punto donde el muro de contención valmeri era más fuerte.
Una docena de vehículos rojos y blancos cortaban el acceso, y el de la calle anterior. Había sacos de arena, verjas de metal, y más vehículos con otras formas y colores, algunos de ellos enormes. Y por tanto, el número de cadáveres era todavía mayor.

Era el sitio ideal para nuestra recogida de armamento valmeri. Y eso hicimos, ante un nada sorprendido Kaarle. Maldito biólogo, ¡qué listo es! Fue él mismo quien escuchó a los unaitis acercarse antes que Viljo y que yo misma. Así pues, también deambulan por la ciudad. Habrá que tener mucho más cuidado de ahora en adelante, quizás vengan a esta parte de la ciudad con frecuencia para alimentarse, atraídos por el olor a podredumbre. Asesinos, carroñeros, caníbales… estas criaturas lo tienen todo. Qué terrible destino para los valmeris haberse convertido en algo así.

Encontramos en los vehículos de tierra varias bolsas de tela valmeri, fuertes y amplias, que utilizamos para guardar y transportar las armas. Mientras Kaarle y Viljo buscaban entre los restos, yo investigaba lo que me iban trayendo.

El mecanismo es antiguo, de disparo por propulsión de pólvora, a diferencia de nuestras armas de acción por impulsos. Sin embargo, la tecnología es muy avanzada. Es increíble cómo han optimizado el uso de la propulsión, y los diferentes tipos de munición al uso. Su manejo es sencillo, tienen un seguro que evita el disparo accidental, una parte corredera para colocar los proyectiles en la recámara del tubo cañón interno, probablemente de forma automática o semiautomática tanto en las pistolas de tierra como en los rifles y fusiles. El sistema de carga es intuitivo, muy similar al de nuestras armas. Los proyectiles se guardan en cartuchos, y solo hay que colocar uno nuevo cada vez que sea necesario. El mecanismo de disparo también parecido al nuestro, solo hay que accionar una palanca situada junto a la empuñadura. El único problema es anatómico. Los valmeris no tienen membranas entre los dedos, y la sujeción es incómoda. Además, hace daño a las membranas cada vez que accionas el disparador. Pero es mejor que nada…

Reunimos siete u ocho pistolas de tierra semiautomáticas, cuatro fusiles de carga automática, y un rifle de tierra con visor de aumentos que encontraron en un gran vehículo valmeri de color blanco y verde, además de varios cuchillos de combate. Tanto los fusiles como el rifle tienen correas para portarlos al hombro o a la espalda, pero preferimos guardar todo en las bolsas de tela. Mientras llenábamos otra bolsa con proyectiles y cargadores, aparecieron los unaitis.

Buscando un refugio a toda prisa, pero tratando de mantener la calma, encontramos algo semejante a un almacén como el del primer refugio. Aquí estamos ahora, con las armas que pudimos coger, esperando a que anochezca y a que los unaitis se alejen.

Daría lo que fuese por volver a la Laestisa, con Vellamo. A casa. Estoy harta de esta angustia, de correr, de no poder dormir por miedo a cerrar los ojos y no ver ni oír a los unaitis a tiempo. Del pánico, del semblante triste de Seija, de las sombrías elucubraciones de Viljo. Harta, harta. Cansada.

Ha empezado a llover. A la mierda, creo que voy a salir. Agua, por fin.

Anuncios

Publicado el 20 diciembre, 2012 en Sin categoría y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: