Entrada 32 – Kaarle

 

Tripulante Kaarle, equipo de investigación, biólogo
Ciclo 87
Sistema: 9º
Valmeri
Archivo de escrito


El plan me pareció una locura desde el principio. Pero, ¿quién soy yo para cuestionar órdenes? Al menos las estratégicas.

Lumi está despertando. Quizás desde hace mucho tiempo, pero seguía teniendo miedo a mostrar sus preocupaciones para con la misión. Contando a Seija, ya van dos. En otra situación, la idea de una tripulación consciente de sí misma, de las mentiras que les contaron sobre la misión, me habría atemorizado. Pero gracias a eso, hemos salido con vida del muro de contención valmeri. Y gracias a Oskari.

Cuando se hizo evidente que los unaitis iban a continuar alimentándose de carroña, no quedó más alternativa que salir y abrirnos paso hasta el refugio. Al menos, Lumi y yo pensamos en esa última parte. Viljo se comunicó con Vellamo, y le dijo que no íbamos a regresar. Que, ya que él tuvo entrenamiento militar y por tanto sabe pilotar una lanzadera, aprovechase el estruendo que causaría nuestro enfrentamiento con los unaitis para escapar con Seija y Seppo. Cuando le ordenó que capturase a un unaiti con vida y lo llevase a la Laestisa, todos saltamos al unísono. Vellamo, desesperado, le gritó por el intercomunicador que ni se le ocurriese sacrificar al equipo – es decir, a Lumi –, Lumi y yo, aunque asustados por la nueva demencia suicida de Viljo, le dijimos que llevar un unaiti a la Laestisa era una locura.

Entonces el oficial primero calló y nos miró. Con esa mirada que tiene desde hace unos días, analítica y perturbadora. Contrajo el rostro en una mueca de asco, nos llamó escorias, y apagó el intercomunicador. Discutimos. Lumi se mantuvo apartada, vigilando la puerta y mandándonos callar. Yo me desesperé. Con esa reciente faceta fría y calculadora, Viljo me dijo que era un miserable por pensar en mi vida antes que en nuestro objetivo final. ¿Y cuál podía ser sino llevar a una de esas cosas a Mermoa? Una locura, una estupidez solo fruto de las mentiras de nuestros padres. Aquello había llegado demasiado lejos. Quise decir la verdad, explicarle que todo era un engaño fruto de un plan demasiado elaborado para explicarlo con los unaitis empezando a husmear nuestro escondite. Viljo hizo oídos sordos a mis súplicas, y me apuntó con una de las pistolas de tierra valmeris. Eres una vergüenza, me dijo mientras cargaba el arma. Eres más prescindible que ninguno de nosotros. En honor a la verdad, reconozco que me quedé paralizado. Pero Lumi no. Desde la puerta, y con gesto incrédulo, levantó su arma en dirección a Viljo.

Esa era nuestra situación, querida Mermoa. Un yarvi dormido, una yarvi recién despierta, y un insomne entre dos cañones. ¿Qué os parece? Seguro que os morís de ganas por saber el desenlace. ¿Consideraríais apasionante que uno de los dos pulsase el disparador? Lamento decepcionaros.

Oskari llamó a Viljo, y Lumi suspiró aliviada. Yo tenía el corazón a punto de estallar. Me había visto con los sesos esparcidos por el suelo. El capitán pidió un informe de situación, y cuando Viljo reconoció que estábamos asediados – callando los últimos acontecimientos – el bueno de Oskari trazó un plan para sacarnos de allí con vida. Me sorprendió. El máximo exponente del lavado de cerebro de la Laestisa, salvándonos el pellejo. Inaudito. Me he estado perdiendo muchas cosas.

El plan era, como digo, una locura. Al menos en lo que a mí respecta. Aprovecharíamos las explosiones de las armas de propulsión valmeris para atraer la atención de los unaitis, tal y como Viljo había pensado en un principio. El muro de contención valmeri, aunque en mal estado, todavía era defendible. Esa era la peor parte. Lumi y Viljo se quedarían llamando a todo unaiti de la ciudad con el reclamo de la pólvora, mientras yo me escabullía por las calles libres hasta el refugio, cargando con una de las bolsas de armas. Una vez estuviese a una distancia suficiente, avisaría a los dos suicidas para que corriesen hacia mi posición. Cuando llegase al refugio, tenía que darle el rifle con visor de aumentos a Vellamo y uno de los fusiles de tierra a Seija, para que cubriésemos la retirada de Lumi y Viljo desde lo alto. Solo había un pequeño problema. Que entonces tendríamos a una masa enfurecida de unaitis golpeando la puerta de nuestro escondite. Improvisad, dijo Oskari. Maldito cabrón.

Tratando de dejar a un lado el arrebato asesino de Viljo, nos pusimos manos a la obra. Viljo se guardó dos pistolas de tierra, un fusil de tierra y un cuchillo de combate. Lumi se pertrechó con lo mismo. Yo, que no podía con tanta carga, me llevé solo una pistola y un cuchillo, además de la dichosa bolsa. Respiramos hondo, nos dirigimos una última mirada de odio, y abrimos la puerta.

Viljo y Lumi barrieron a los primeros unaitis con varias ráfagas certeras. Por Aisyva, cuánto ruido hacen esas dichosas armas. Al momento, todos los unaitis de la zona se dirigieron a nuestro encuentro. Lumi y Viljo los abatieron mientras avanzaban con paso firme hacia el muro de contención. Aunque Lumi ya había advertido sobre ello, observé que acusaban el retroceso de los fusiles. Cuando llegaron al muro de contención, habían matado a todos los unaitis que se habían congregado en el lugar para alimentarse. Aprovecharon para rematar a las criaturas más cercanas, y levantaron las vallas y paneles de metal caídos. Los aullidos terribles de los unaitis se extendieron por toda la ciudad. Aparecieron por fin, y les recibió el estruendo de los fusiles vomitando fuego. Disparaban a las piernas para hacerles caer y frenar su avance, cuando no al pecho, directo al corazón. Al dejar de acudir criaturas desde la calle por donde habíamos llegado nosotros del refugio, me tocó el turno a mí.

Corrí como no recuerdo haber corrido en mi vida. La bolsa, cargada a mi espalda, daba bandazos de un lado a otro golpeándome la cola y las costillas, pero no me importó. No había recorrido ni la mitad del camino, cuando tres unaitis se abalanzaron sobre mí. Uno me derribó, y sentí un crujido en la espalda. Gritando de dolor, saqué la pistola y le disparé al vientre mientras trataba de evitar que me clavase los dientes. El olor fétido de la criatura me inundó las fosas nasales, y sentí nauseas. Me mareé, y cuando creía que iba a desfallecer, algo me agarró por los hombros y me arrastró por el suelo quemándome la cola. El unaiti al que había disparado se levantó y fue dando tumbos hasta mí. Pero yo estaba ocupado intentando sujetar a la criatura que me había agarrado. Tendido sobre mí, me golpeaba con los puños en la cabeza y en las costillas, y las armas a mi espalda se me clavaban en el cuerpo. Sin aliento, rodé sobre mí mismo, me puse de rodillas y disparé varias veces sin saber muy bien a dónde. El retroceso de la explosión de pólvora desvió los disparos, lo suficiente para que mis tiros errados diesen en el pecho y en la cabeza del unaiti.

No tuve tiempo para maravillarme por la suerte que había tenido. En seguida el unaiti al que había herido me dio alcance. Me agarró de la cabeza y me arrastró hacia atrás. Debía de estar perdiendo mucha sangre, porque sus movimientos eran torpes y sin fuerza. Pude zafarme y, esta vez tratando de contener el retroceso, le volé la cabeza de un disparo. Lo que a mí me parecieron ciclos, debió transcurrir en un suspiro, porque el tercer unaiti estaba terminando su grito de caza. Sin tener en cuenta la suerte que habían corrido sus compañeros, corrió hacia mí. Le disparé a las piernas, y le rematé. Tres de esas cosas me habían dejado al borde del desmayo. Y yo estaba armado en todo momento. Por la Madre, qué criaturas.

A lo lejos oía los disparos de Lumi y Viljo. Aprovechando que la distracción continuaba, y que tanto mis detonaciones como el grito del unaiti apenas habrían llamado la atención, seguí corriendo como buenamente pude. Cada reflejo en los cristales era un sobresalto. Lumi me gritaba por el intercomunicador, suplicándome que me diese prisa. Y cada vez que oía su voz, me giraba imaginando a un unaiti hablándome al oído. Desorientado, sangrando profusamente por la brecha reabierta de la cabeza, fue un milagro que llegase a la plaza. Les di la señal para que volviesen al refugio, y grité a Seija y Vellamo que abriesen la puerta.

Una sobresaltada Seija me recibió. Me dejé caer sobre ella, y me ayudó a subir hasta el refugio. Le explicaba atropelladamente la situación, y respondió a la perfección. Me quitó la bolsa sin más miramientos, le tendió el rifle a Vellamo y ella se colgó un fusil con la correa. Les expliqué brevemente cómo funcionaban las armas, tratando de recordar las instrucciones que me dio Lumi. En la bolsa había munición suficiente para lo que tenían que hacer, ya reunida en cartuchos. Abrieron las ventanas que daban a la plaza, y esperaron. Aproveché el instante de descanso para atarme una cinta de tela valmeri arrancada sobre la cabeza, y así evitar que la sangre me cegase. Sin saber muy bien dónde estaba ni lo que hacía, cogí un fusil de la bolsa y me puse junto a Seija en una de las ventanas. Y esperamos.

Seija se mordía los labios. Vellamo temblaba de rabia, supongo que recordando la conversación con Viljo y el miedo que había sentido – y sentía – de perder a Lumi. Sonaban ráfagas de disparo a lo lejos, y los gritos de los unaitis, algunos cortados en seco. Entonces aparecieron.
Les perseguía un gran número de criaturas. Enorme. Pensé en cómo tuvo que haber sido para los valmeris resistir la oleada de muerte que se derramaba por la plaza como agua embravecida. Al momento, Vellamo comenzó a disparar. Cada detonación, un unaiti muerto. Es un gran tirador. Seija tardó unos momentos en acostumbrarse al retroceso del fusil, y junto a mí, pronto bañamos la plaza de ráfagas certeras. De algo tenían que seguir las clases de tiro en la Laestisa.

Viljo y Lumi disparaban a ciegas, cargando ambos con sendas bolsas. Estúpidos. Deberían haberlas dejado. Lograron llegar a la puerta, sí. La cerraron justo a tiempo, y apuesto a que casi se mean encima cuando los unaitis se estrellaron contra la puerta de hierro.

Aún a sabiendas de que atraeríamos a más de esas cosas hasta la plaza, Vellamo y yo continuamos disparando desde las ventanas, acabando al menos con los unaitis que habían visto dónde nos refugiábamos. Seija bajó a ayudar a Viljo y Lumi, que nada más llegar se unieron a nuestro particular tiro al blanco.

¿Y ahora? Ahora tenemos agua embotellada y agua de lluvia. Un yarvi infectado con la enfermedad que condenó a los unaitis, por una mordedura que sin duda era contagiosa. Armas que son un reclamo para toda la ciudad. Viljo y Lumi tienen contusiones severas por todo el cuerpo, pero aguantan en pie. Yo, por mi parte, no sé cómo sigo con vida.

Creo que lo único que me mantiene despierto ahora es escribir esto, para que seáis testigos del horror que estamos viviendo, aderezado con ese fanatismo yarvi del que sin duda estáis disfrutando. Eso, y la sombra proyectada del unaiti que mi imaginación se esfuerza en construir sobre la puerta, por la luz del satélite de Valmeri.

Me toca guardia a mí, mientras Vellamo atiende a Seppo que vuelve a delirar. Le hemos tenido que amordazar. De lo contrario, los unaitis que corretean por el interior del edificio se pararán frente a nuestra puerta. Ya les oigo en el rellano, cada paso es una punzada a mi corazón y a mis nervios. Tengo la pistola conmigo, mi nueva y fiel compañera.

Y en estos momentos de angustia, solo deseo que esto estalle de una vez. Que reviente la puerta y entren en tropel, y que la furia y liberación del combate rompa con esta angustiosa espera.

Venid, maldita sea, venid. No puedo más.

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Publicado el 29 diciembre, 2012 en Sin categoría y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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