Entrada 40 – Seija

Tripulante Seija, equipo de investigación, meteoróloga

Ciclo 87
Sistema: 9º
Valmeri
Archivo escrito 

No sé cómo empezar esta nueva entrada. ¿Será la última? ¿Se acabará todo cuando la lanzadera llegue a la Laestisa? Sé cómo piensan Miska y Oskari, pero no sé de qué lado estarán Jorma e Ingria. Escribo por tranquilizarme, por no mirar a Viljo, ni contemplar Valmeri desde la ventanilla. No, no quiero volver a ver este lugar jamás.

¿Cómo empezar? ¿Cómo informar de lo que ha pasado allí abajo? ¿Y para quién? Para mí, supongo, para que dejen de temblarme las manos mientras pulso la pantalla del panel. Por miedo a lo que pase cuando lleguemos a la Laestisa. Por el mensaje que ha dado Viljo al salir de Valmeri. Por Kaarle, por todo.

Nuestro nuevo refugio daba al agua. Estaba en esa gran calle amplia en la que empezó todo, desde las ventanas podíamos ver el edificio antiguo donde Seppo y los demás se encontraron con los unaitis por primera vez. Parece que hayan pasado ciclos desde entonces… Gracias a las indicaciones de Miska, salimos de nuestro anterior escondite sin que el enorme grupo de unaitis, atraídos por la explosión de Lumi, se percatase de nuestra presencia. Llovía, mucho, y el rugido del agua contra el suelo ocultó nuestra huida. Llevábamos a Seppo con nosotros, inconsciente gracias a la Madre, en una camilla improvisada con mantas y madera astillada. Miska nos dirigió por las calles flanqueadas por las enormes torres de viviendas valmeris, evitando a los unaitis rezagados. Hizo un gran trabajo, no vimos a ninguna de esas criaturas.

Cuando llegamos a la gran calle a orillas del agua, no podíamos más. La presión, el miedo, la angustia, y el cansancio por cargar con el equipo y con Seppo, podían con nosotros. Kaarle encontró la puerta de un edificio destrozada, y perdidas las comunicaciones con Miska, nos decidimos a entrar. La torre era amplia y libre de unaitis. Serviría hasta que volviese Viljo.

Seppo descansaba a nuestro lado, y Kaarle y yo nos tumbamos el uno al lado del otro, en silencio, disfrutando de la sensación que nos había dejado el agua sobre nuestra piel. El agua estaba allí, a un solo paso, una vasta cantidad de agua, pero intocable para nosotros. Evitábamos mirar hacia el mar, y era tal el sufrimiento, que no tratamos de secarnos. Estábamos tan cansados… tan angustiados, que de pronto, y sin ningún motivo, arrancamos ambos a reír. Kaarle acarició mi piel, recogió las gotas de lluvia, y se humedeció los labios con ellas. Quise sentir el frescor del agua sobre mí, y me abracé a él. Rodeó mi cuerpo con sus brazos, y hundió la cara en mi cuello, besando, bebiendo el agua de lluvia. Encontramos consuelo el uno en el otro, por todo el sufrimiento vivido, nos permitimos un momento de intimidad único, nos olvidamos de los unaitis, de Viljo, de Valmeri, de la misión…

Me desperté tiempo después, ya de noche. Miré a Kaarle busqué en su cuerpo algún resto de humedad, pero su piel estaba tan seca como la mía. Me levanté tiritando, me vestí, comprobé la posición de la Laestisa y llamé a Miska. Kaarle me había proporcionado el consuelo que tanto buscaba, pero la conversación con Miska me calmó del todo. Siempre lo ha hecho, aunque ella crea que soy yo quien la tranquiliza a ella. Cuando la comunicación se cortó, Kaarle se acercó a mí. No sé cuánto tiempo llevaba despierto, pero poco importaba. Volví a besarle, me desnudó, y yo me dejé llevar.

Kaarle… Kaarle… ¿Por qué tardamos tanto en darnos cuenta?

Con la primera luz de Novena, Oskari llamó a Kaarle. Le ordenó que volviésemos a la lanzadera, asegurásemos el lugar de aterrizaje, y esperásemos a que volviese Viljo con Vellamo. O cualquiera de los dos, si es que se habían decidido a matarse el uno al otro. Seppo estaba despierto, pero no hablaba. Nos miraba como si fuésemos extraños, y se sobresaltaba de vez en cuando, contemplándonos con pavor. Por si acaso, Kaarle le amordazó. No podíamos arriesgarnos a que tuviese un acceso de locura. Todo irá bien, me dijo Kaarle, te lo prometo. Estúpido, estúpido…

Salimos del edificio cargando con Seppo en la precaria camilla. La calle estaba despejada, hacía frío, pero la lluvía había dejado una humedad deliciosa. Andamos hacia el edificio antiguo al final de la calle, con paso ligero, vigilando todos los ángulos tan bien como pudimos. Ni rastro de unaitis.
Pero al llegar al edificio antiguo… Encontramos al primero devorando los restos de lo que parecía ser otro unaiti. Más tarde comprendí que era un valmeri… Quizás uno del grupo que encontró a Vellamo. Dejamos a Seppo en el suelo con suavidad, y Kaarle desenfundó su cuchillo y se acercó a la criatura. Logró clavarle la hoja sin que se diese cuenta de que estábamos allí. El unaiti giró en redondo, sin sentir dolor, extendió los brazos hacia Kaarle y quiso gritar, pero un gorgoteo de sangre se lo impidió. Trastabilló, cayó, y no volvió a levantarse. Kaarle se acercó al unaiti, se agachó para recuperar el cuchillo, y entonces un grito agudo nos sobresaltó. Tres criaturas salieron del edificio, corriendo, y nos alcanzaron antes de que pudiésemos reaccionar. Uno de ellos tiró a Kaarle al suelo, mientras otro corría hacia mí. Perdí de vista al tercero. Saqué mi pistola y disparé varias veces sobre el unaiti, que siguió corriendo hasta que cayó, muerto, sobre mí. Me hizo caer. Angustiada, me zafé del cadáver, y me levanté a tiempo de ver cómo una de esas cosas golpeaba frenéticamente a Kaarle mientras él luchaba por evitar que el tercer unaiti le mordiese. Traté de mantener la calma. Respiré hondo, tratando de aislarme. ¿Cómo podía tranquilizarme cuando una de esas bestias le estaba destrozando el pecho a Kaarle? El rugido de la pistola valmeri no logró acallar un aullido que ya conocía muy bien, y que se repitió a lo largo de la ciudad. En el mismo lugar que la primera vez, sentí un escalofrío, y estuve a punto de gritar histérica.

Muertos los dos unaitis, ayudé a Kaarle a levantarse. Tenía el cuerpo lleno de contusiones, y el brazo con el que había contenido a una de las criaturas estaba magullado y tembloroso. Teníamos que marcharnos. El origen de los disparos podía pasar desapercibido, pero no el aullido de un unaiti. Kaarle me aseguró que podía continuar. Con el gesto desencajado por el dolor, me ayudó a cargar la camilla de Seppo calle arriba, hacia el cerro donde estaba la lanzadera y nuestra salvación.
Empezamos a escuchar los gritos de los unaitis cuando superábamos el último tramo de la calle. Corrimos, corrimos hasta desfallecer. Cuando llegamos a la lanzadera, dejamos caer la camilla sin miramientos, y nos preparamos para recibir a los unaitis.

El primer grupo llegó tan pronto como levantamos las armas. Eran cinco, al menos, y recorrieron media distancia hasta nosotros antes de caer muertos con más agujeros de los que podía contar. Esas cosas solo se detienen al morir… No sienten dolor, siguen caminando, corriendo hacia ti hasta que su vida se apaga. Recargamos, nos miramos, y recibimos al segundo grupo, más numeroso esta vez.

Tras el tercer grupo, la munición escaseaba. Tuvimos un momento de descanso, suficiente para subir la camilla de Seppo a la lanzadera. El cuarto grupo fue demasiado numeroso. Sin tiempo de coger un último cargador, tiré de la correa del rifle de precisión de Vellamo, que todavía llevaba conmigo, y seguí disparando. Oh, Madre, fue… largo. Muy largo. Ni siquiera recuerdo bien cómo sucedió todo, solo sé que cuando Viljo llegó, nos encontró recostados en la lanzadera, jadeando y llorando, heridos y sin resuello. Creo que lancé un cuchillo tan lejos como pude en cuando le vi llegar, así que supongo que llegamos a combatir cuerpo a cuerpo, a la desesperada. No debieron ser muchos, quizás solo uno al que tuve que matar con mis propias manos. Soy una científica, no un soldado, no habría podido sobrevivir. Pero… lo hice.

Ahora desearía no haberlo hecho.

Viljo llegó con paso decidido, cargando con una bolsa de tela valmeri que se revolvía. Por un momento pensé en Vellamo… Pero cuando dejó caer la bolsa no escuché ningún gemido de dolor, ni siquiera una queja, solo ese continuo grito ahogado. Le miré, inquisitiva, y él abrió la bolsa por toda respuesta. Era un unaiti, atado y amordazado. El hijo de Aisyva había capturado a una de esas cosas. Cuando le pregunté por Vellamo, él ni siquiera me miró. Volvió a cerrar la bolsa y la arrojó dentro de la lanzadera, al lado de Seppo.

– Espera –dijo Kaarle de pronto-. ¿Se puede saber qué pretendes?

– Llevar a una de estas cosas a la Laestisa, por supuesto –respondió Viljo con naturalidad.

– ¡¿Te has vuelto loco?! –le increpó Kaarle.

Apenas podía tenerse en pie. Le ayudé a levantarse, y me mantuve a su lado mientras discutía con
Viljo.


– Nos pones a todos en peligro si subes a un unaiti a la Laestisa, Viljo –dijo Kaarle-. Piensa en todo lo que hemos pasado, maldita sea.

– Todo ha sido por la misión –se limitó a contestar Viljo-. Y la misión exige reunir muestras de vida de todos los mundos que hemos visitado. Esta es la más importante, ¿verdad?

– ¡No! ¡Esto es de lo que hay que huir, Viljo! –Kaarle estaba desesperado-. ¡Si subes una de estas cosas a la Laestisa, el traidor a la misión serás tú!

– He aguantado demasiadas estupideces por tu parte, Kaarle –dijo Vellamo-. Satu te tenía por un traidor inofensivo. ¿Has envenenado la mente de todos? ¿También te ha convencido a ti, Seija, con su superioridad moral?

Me mantuve en silencio, mirándole. Estaba perdiendo el control de la situación… Los unaitis volverían de un momento a otro, y había que salir de allí cuanto antes. Pero llevar a un unaiti a la Laestisa… No respondí. Sujeté a Kaarle, que estaba a punto de desfallecer.

– No me hables de Satu –dijo de pronto Kaarle-. Ella es la que te ha envenenado la mente, la que te ha construido. La locura de nuestros padres ha llegado demasiado lejos. Tiene que parar. Te lo explicaré todo cuando volvamos, Viljo, pero tienes que dejar a esa cosa aquí…

Entonces Viljo cambió el gesto. De pronto parecía estar comprendiendo algo. Asintió en silencio, se mordió el labio, se pasó una mano por la cara con cansancio. Suspiró, y sus movimientos fueron lentos. Tanto que ahora no me explico mi nula reacción. Sacó una pistola, y sin contemplaciones, disparó.

Kaarle se encogió al recibir el proyectil. No pude sostenerle. Cayó en redondo, sin poder encajar ese último golpe. Kaarle, Kaarle, tan bien lo hiciste, tanto aguantaste, tanto ímpetu por hacer que los demás comprendiésemos la situación… Y al final… Oh, Kaarle…

Creo que grité. Que lloré. Sentí cómo se me desgarraba la garganta por un llanto profundo e incrédulo. Caí con él, de rodillas, me abracé a él, temblando con violencia, sin acertar a acariciarle el rostro. Kaarle, que me había devuelto a mí misma. Que me había dado el consuelo y el afecto que nunca tuve, tan solo unos momentos atrás… No, no puedo creerlo, todavía no. Kaarle, mi querido Kaarle…

Le odio, le odio. Odio a Viljo. No dejo de mirarle ahora, quiero saltar sobre su espalda, apuñalarle, destrozarle. Vellamo, no sé cómo pudiste soportar tanto dolor. Quiero matarle. Voy a matarle. Cuando lleguemos a la Laestisa, le cortaré la garganta en cuanto tenga oportunidad. Maldito hijo de Aisyva.

Viljo me separó del cuerpo de Kaarle con violencia. Me levantó como si fuese un muñeco, y me obligó a entrar en la lanzadera, tirándome sobre la bolsa del unaiti, que seguía contorsionándose, intentando escapar. Antes de que pudiese salir y volver junto a Kaarle, Viljo cerró el portón de la lanzadera. Seguí gritando y gritando conforme la lanzadera ascendía, alejándonos de Kaarle, de Lumi, de Vellamo y de Satu.

Atrás quedaban los unaitis, la ciudad de torres silenciosas. El agua corrupta por la sal. Los valmeris, y su trágico destino. Sus secretos y enseñanzas sobre una vida en común y personal. Atrás quedaba la vida, y allí yace mi pasado y mi futuro. Mi hogar, que tan tarde encontré, no volverá a levantarse jamás.

Cuando abandonamos la atmósfera de Valmeri, Viljo se comunicó con la Laestisa. Anunció nuestra llegada, y exigió la presencia del capitán y de un oficial en la cubierta inferior del muelle principal. Oskari encajó bien la exigencia. El capitán de la Laestisa II acudirá a su encuentro, oficial primero; respondió recordándole la cadena de mando. Una insubordinación… Viljo debe querer hacerse con el mando de la misión. ¿Acaso no es eso una verdadera traición? Este maldito asesino merecer quedarse en Valmeri por siempre.

El unaiti sigue moviéndose, rueda de vez en cuando y se golpea contra las paredes de la lanzadera. Prefiero no tener que mirarlo. Seppo continúa inconsciente, por suerte para él. No tiene que ver nada de esto, ni su desenlace…

Estamos llegando a la Laestisa. Viljo carga su pistola de tierra valmeri. ¿Permiso para…? Permiso concedido, primer oficial.

Viljo está nervioso. Y a mí, de pronto, me invade una gran calma.

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Publicado el 17 marzo, 2013 en Sin categoría y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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